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La resistencia pacífica es la sed de justicia

06 Junio 2017

Buenaventura resiste por más de 15 días a la acción del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad), que sigue siendo la única respuesta del gobierno nacional. Un modelo de movilización que puso en jaque al Estado y que evidencia que es más importante defender los intereses económicos de la oligarquía que los derechos de la ciudadanía. 

Por: Diana Marquínez*, estudiante de sexto semestre de la Facultad de Comunicación Social para la Paz.

El paro cívico en Buenaventura es producto de la marginalización y la vulneración que históricamente ha sufrido la población afrodescendiente en América Latina. La idea de raza fue una manera de establecer las relaciones de poder impuestas por la conquista; esto lleva a la elaboración del eurocentrismo que legitima la ideología del mundo capitalista moderno.

La población afrocolombiana gesta esta contienda por la reivindicación de los derechos básicos y la lucha por el territorio como un detonante del desarraigo étnico-territorial y la desigualdad social que han sufrido. Por ello, reclaman los mínimos vitales: agua potable, mejores condiciones de salud, infraestructura vial y acceso de calidad a la educación.

Dado que existe una política de extractivismo frente al puerto y no una política de desarrollo para generar mayor riqueza en la región, es inaceptable que Buenaventura, siendo el mayor puerto de exportación de mercancía en el país, no genere mayor empleabilidad en sus habitantes y un desarrollo que dé valor agregado a la materia prima que facilite vías a la industrialización. En esta medida, los bonaverenses exigen el suministro de agua potable y la construcción de un hospital de III nivel. Por lo anterior, el malestar social que refleja Buenaventura es el espejo del abandono estatal, la corrupción, el clientelismo; la debilidad del Estado.

Efectivamente, el hecho de corrupción se expresa en los impuestos aduaneros que son más de 5.000.000 billones de pesos, que no aportan más de 37.000.000 millones en la ciudad. El Estado debe pensar en saldar la deuda externa que tiene con Buenaventura, desde los hechos sistemáticos que han puesto en peligro la gobernanza del pueblo. Así mismo, se deben revisar las actuaciones de sus miembros políticos porque el hecho de corrupción también recae sobre ellos mismos.

Ahora bien, Boaventura de Sousa Santos, en su texto Derechos humanos, democracia y desarrollo (2014), señala que los derechos democráticos no son un regalo de las clases dominantes, son el resultado de las luchas. Este fenómeno muestra la pauperización de la población afro, pues no se ha logrado el reconocimiento pleno del derecho de autonomía y control de sus territorios; la participación de los líderes afrocolombianos en la esfera pública sigue siendo excepcional. Ante este panorama se deben orientar otras dinámicas sociales donde se cumplan los derechos fundamentales.

Por esta razón, la reconstrucción del tejido social es el principio para visibilizar las discusiones de los pueblos étnicos, mediante el aporte económico y cultural que han generado en la construcción de nación.

Pero, mientras llegan los acuerdos del alto gobierno, Francia Márquez, activista de las comunidades afrocolombianas, afirma que no es descendiente de esclavos, sino de hombres y mujeres libres, que lucharon por su libertad. Sin embargo, hoy en día la sociedad sigue viendo a estas comunidades bajo el mismo lente, por eso esta movilización implica vivir en condiciones dignas: “El racismo es algo que duele en el alma y lastima, causa heridas profundas, que, la mayoría de veces, deja cicatrices que marcan nuestras vidas para siempre; por lo tanto, combatirlo y erradicarlo de raíz es también responsabilidad tuya”.

La población afrodescendiente ha hecho una muestra de cultura de paz al sacar a miles de personas a las calles para exigir sus derechos. La tradición oral dio un brillo especial a las noches porteñas: las personas salieron en el día a cantar arengas, a caminar en familia, en las noches de nuevo se jugó dominó en la calle y uno que otro trago autóctono de la región endulzó la garganta. Sin embargo, durante el paro cívico, se presentaron un sinnúmero de actos violentos y de esto se puede deducir que la práctica de la guerra no es un ejercicio de justicia.

En defensa del territorio y del fortalecimiento del saber ancestral, los pueblos afrocolombianos, a partir de sus prácticas culturales, destacan el poder de la resistencia pacífica ante el uso de la fuerza desmedida que pretende desvirtuar su lucha. Estas son las acciones que deben quedar en la memoria y en la retina de la sociedad civil.


*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la Universidad Santo Tomás.


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