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Sensibilidad, amor y respeto por el otro

15 Noviembre 2019

Por: Nelly Patricia Rodríguez Botero, docente del Departamento de Humanidades y Formación Integral.
Soy Nelly Patricia Rodríguez Botero. Nací en el campo hace muchísimos años, en una familia pobre. Yo fui la séptima entre ocho hermanos. Me considero una mujer trabajadora, líder, comprometida en todo cuanto realizo y lo he sido, también, con la Iglesia de los pobres.

Trabajo en la Universidad Santo Tomás desde hace 15 años. Y en la Universidad Sergio Arbolea desde hace 18 años. Hice el pregrado y una maestría (sin grado aún de la maestría) en la Pontificia Universidad Javeriana. Tengo una especialización a nivel de Derechos Humanos de la Universidad Santo Tomás. Realicé una especialización y una maestría en Docencia e Investigación Universitaria, en la Universidad Sergio Arboleda.

Tengo un hogar maravilloso desde hace 30 años, con un hombre bueno. Fruto de esa unión tenemos dos hijos maravillosos; los dos, ingenieros civiles de la Universidad Santo Tomás. A estos dos hijos los hemos logrado educar con valores éticos, morales y cristianos, haciendo de ellos unos buenos ciudadanos y unos buenos cristianos.

He sido una mujer de iglesia y para la Iglesia. Siendo muy muy niña, 10 u 11 años, empecé a catequizar a otros niños. La catequesis era compartir el alimento que siempre había en casa, a pesar de las limitaciones económicas y les leía algunos pasajes de la Biblia. En mi casa yo veía leer siempre la Biblia a mi madre, así que yo crecí pensando que había que leer algo de ese “libro”. Rápidamente me integré a la parroquia de mi pueblo. Allí realizaba otras cosas maravillosas, como participar en obras de teatro, pertenecía a los coros y siempre el padre me tenía en cuenta para apoyar en Semana Santa. Así transcurrió mi niñez y adolescencia.

Ya la vida me trajo a Bogotá e inicié mi vida laboral con los jesuitas. Ahí fui profesora de Humanidades y también coordinadora de Pastoral en el Colegio Santa Luisa. Acompañé a las niñas en su proceso académico, en su formación espiritual y en proyección social. Hacíamos labor social en barrios subnormales en el sur de la ciudad. Fueron cinco años sencillamente maravillosos de aprendizaje y crecimiento.

La vida me llevó posteriormente al Colegio Rochester. Allí estuve por 10 años. Los niños eran maravillosos, pero no conocían la pobreza. Todo lo tenían en sus hogares y venían a estudiar a un colegio que lo tenía todo. Ahí también fui feliz. Feliz entre otras cosas porque el colegio me permitió hacer labor social con estos pequeños. Así fue como empezamos a tener un acercamiento al barrio el Codito, con personas con cierta limitación económica, y por otro lado traíamos al colegio a un grupo de adultos mayores de una fundación. Los niños preparaban un acto cultural para ellos y mientras tanto los adultos disfrutaban de un suculento refrigerio. Unos y otros éramos muy felices. Una vez, yendo para el barrio el Codito, un niño me dijo: “miss, yo no sabía que en el norte había pobres”. Entonces, me sentí muy complacida de ser yo quien les estaba enseñando a estos estudiantes a tener contacto con la verdadera realidad. Además, la señora rectora de la época, Patricia León, me autorizó hacer una labor con unos niños pobres que yo conociera y fue así como se hizo una labor con niños muy pobres en la vereda el Palmar, del municipio de Palocabildo, Tolima.

En aquella época todos los niños de dicha vereda se beneficiaron con útiles escolares y ropa. Yo iba cada mes a acompañarlos y a llevarles las donaciones. Los niños de la escuela de la vereda el Palmar fueron muy felices. Por motivos de seguridad y distancia nunca me autorizaron llevar a los estudiantes, pero estoy segura que se hubieran sentido absolutamente libres y felices en aquellos campos.

Pasaron los años. Ingresé a la Universidad Sergio Arboleda y desde mi humilde clase, Cultura e Historia Religiosa, pude llevar por 4 años, a mis discentes a barrios subnormales de nuestra ciudad. Allí nos faltaba tiempo para hacer todo lo que nos proponíamos: los sábados visitábamos enfermos, llevábamos alimento, hacíamos recreación y también, ellos, los estudiantes con sus ahorros, lograron entregar cuatro viviendas en el barrio puerta al Llano, en Bogotá y Cazucá, en Soacha. Era nuestro espacio favorito. Regresábamos muy cansados pero felices.

Fotografías: Nelly Patricia Rodríguez Botero

Poco tiempo después ingresé a la Universidad Santo Tomás. Apoyé la Pastoral Universitaria, había conmigo dos coordinadores más y un director, el padre Fredy CANO, O.P., muy sensible y humano. Con este equipo hicimos una labor enriquecedora con los jóvenes. Yo me puse al frente de 50 adultos mayores en Cazucá. Fue un arduo trabajo de 5 años, donde nunca sentí cansancio. Los sábados llevábamos estudiantes de todas las facultades a visitar hogares y enfermos; hacíamos recreación y terapias; les dábamos alimento todos los días; había talleres productivos y se construyeron cuatro viviendas para adultos que dormían sobre cartones. Los adultos, los estudiantes y yo, éramos muy felices en esta labor.

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Se me olvidaba comentar que, cuando era joven y soltera, me inicié como misionera; al casarme, compartíamos el mismo gusto de trabajar por los más pobres con mi amado esposo, e íbamos a diferentes lugares de Colombia a trabajar y a acompañar comunidades. Luego cuando nuestros hijos iban creciendo se iban enamorando de lo que nos veían hacer, así que ellos son misioneros y su primera misión fue en Cerro Vidales Córdoba, con los indígenas zenú. Allí se vincularon con los jóvenes universitarios de la Universidad Santo Tomás para hacer un trabajo integral, experiencia muy agradable y significativa que dejó en los estudiantes la semilla del trabajo social y a partir de ahí, nuestros hijos, no han parado nunca en su trabajo y compromiso con los más débiles.

El horizonte de trabajo social con los menos favorecidos se me amplió y es así que comencé a trabajar por los niños del macizo colombiano en el Departamento del Cauca, especialmente en la cabecera municipal de la Vega, en los corregimientos de Arbela, Altamira, Santa Bárbara, Santa Rita, Julián, los Ciruelos, Ledesma y otros más. En estos sitios tuvimos la oportunidad con mi familia de llevar 2.000 kids escolares, 2.000 morrales y 2.000 kids de aseo oral; balones y regalos; también se construyó una vivienda para una familia muy pobre en el corregimiento de Santa Bárbara.

En este momento estamos haciendo acompañamiento a niños huérfanos de la Pola, Magdalena, escenario de la masacre y desplazamiento perpetuado por paramilitares, dotándolos de libros, juguetes, ropa e implementos deportivos.

También se ha venido apoyando a los niños de la escuela de la República de Argentina de Usme, estos niños, aunque viven en un paraíso, en el páramo, lejos del ruido y la contaminación, la pobreza es el pan de cada día y por ello se los está apoyando con ropa, juguetes y juegos pedagógicos.

Se ha venido apoyando a los niños de la Escuela de Paramillo, de Fresno, Tolima, con ropa, juegos, libros y cuentos infantiles, zapatos y también se le presta ayuda a mujeres chapoleras cabeza de hogar

Y ahí voy tratando de ser un poco útil a la sociedad y sirviendo a Dios a través de los más necesitados.

Pero como Dios no me puede ver sentada, sin hacer nada, últimamente, me puso otra misión: soy enfermera en el primer Hospital de Campo en el mundo, desde la Fundación Víctimas Visibles, dirigida por la Dra. Diana Sofía Giraldo de Melo. Tarea que es encomendada por el Papa Francisco. El Papa dice que todas las personas debemos ayudar a curar y sanar las heridas de las víctimas del conflicto armado; todos debemos tener la capacidad de detener, de contener las hemorragias y heridas del alma causadas por el dolor y la amargura; la tristeza y la soledad que padecen tantos seres humanos en el mundo y en especial en nuestro país. Es así como a través de la Fundación Víctimas Visibles, he logrado cumplir con esta dura pero grata tarea.

He estado comprometida apoyando la traída de la Reliquia de San Juan Pablo II, cuando la Conferencia Episcopal y la fundación decidieron dar ese gran regalo a los fieles colombianos y fue expuesta en la Catedral Primada, en la Universidad Sergio Arboleda y en otros lugares de Bogotá y del país.

El 8 de septiembre de 2017 tuve otro regalo y otra misión, a través de la fundación: apoyé el trabajo de llevar a cien víctimas de la violencia del país para que el Papa Francisco les diera su Bendición y las consolara, en la Nunciatura Apostólica. Fue una noche sublime y llena del perdón de Dios, en donde se confundieron sentimientos, pero donde se pudo palpar la misericordia de nuestro padre celestial, que llega gratuitamente.

Debo mencionar que yo solo soy un instrumento que Dios ha puesto en el camino de tantas personas necesitadas, pero detrás mío ha habido corazones y manos generosas, personas orando por estas causas que se han unido y gracias a ello se ha podido aliviar en parte, soledades, dolores y necesidades muy apremiantes.

Menciono solo algunas personas que me han acompañado en este trasegar con sus donaciones, oraciones y amor: Doctoras: Marcela Suárez, Diana Sofía Giraldo de Melo, Marcela Giraldo, Martha Vidal; Padre Fredy CANO, O.P., Doctor José Belisario Carvajal y su esposa Alma Certuche. Estudiantes de Cultura Física y Psicología y su joven líder: Paola Ramos, Coordinadora de Bienestar Universitario, en el Campus San Alberto Magno de la Universidad Santo Tomás.

Perdón por los nombres que omití, perdón por no mencionar a tantas y tantas personas, a tantos y tantos angelitos, que están detrás de este silencioso y humilde trabajo.

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